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El Manifestador: código vital proactivo

Un ser incontrolable que gestiona su energía en forma totalmente autónoma. Su función dentro de la totalidad será introducir una iniciativa que luego determinará una respuesta en los demás. Un manifestador tendrá un campo vibracional que le capacita para tomar iniciativas y manifestar el resultado de su propio proceso energético.

Los manifestadores constituyen un pequeño porcentaje de la población, el 8%. Pese a su reducido número o tal vez precisamente por eso, los manifestadores han controlado los destinos humanos desde tiempo inmemorial: los invasores, los colonizadores, los emperadores, los generales, los imperialistas,los consejeros,los expertos, etc.

Sus atributos son de naturaleza energética, y es esa posibilidad de manifestar que les ha colocado por milenios en las posiciones de poder. Es que pueden manifestar. La manifestación fascina a todas y todos y es esa capacidad la que se propone como modelo a la humanidad, de manera que a un 92% de la población siempre parece que habría de ser diferente

Aunque se presenta al “independiente” como modelo a seguir, todas las estructuras culturosocioreligiosas ponen trabas más o menos sutiles a esta manifestación. Ya que todos desean ese poder, todos intentan de una forma u otra controlar a los que lo poseen para que sirvan a sus propios intereses.

Como resultado de la represión o la manipulación, los manifestadores suelen ignorar su verdadero potencial, lo cual es casi una regla cuando se trata de una manifestadora. De más está señalar que el modelo manifestador se presenta en la casi totalidad de las culturas como un atributo masculino. Así, desde su infancia este ser diseñado para ser ingobernable resulta que se ve sometido a presiones de toda clase, más o menos feroces según los casos.
Los manifestadores suelen albergar en su interior una intensa desconfianza hacia otros, sobre todo los que se proponen “ayudarle”, a la vez que existe como telón de fondo una rabia proporcional al nivel de represión que han experimentado.
La magia de la manifestación es que, bien encarada, con frecuencia no necesita siquiera que el manifestador actúe, es el milagro cotidiano que todos hemos experimentado alguna vez, cuando algo que deseamos se produce “por casualidad” o “por coincidencia” sin la intervención material del manifestador mismo. Suele ser el origen de muchas teorías como el famoso “pensamiento positivo” y otras propuestas de la “New Age”.

El funcionamiento óptimo del campo manifestador ocurre cuando el código vital se pone en sincronía con la realidad circundante y esto se suele conseguir en forma muy sencilla mediante la cortesía.

Todo organismo emite un aura, sutil radiación electromagnética, que señala a su alrededor su campo vibracional. El aura de un manifestador no es invitadora, es más bien intimidatoria, se “siente” que esa persona es capaz de cualquier cosa, lo que no deja de ser cierto.

Cuando esta persona manifestadora informa a su alrededor de sus intenciones, esa cortesía atenúa la prevención que todos los demás tipos sienten ante ella. Se ven tomados en cuenta, se tranquilizan y por ello oponen menor resistencia. Todos somos cuerpos en movimiento a través del espacio, de modo que a menor resistencia mayor fluidez en ese movimiento.

El manifestador puede así detectar desde dónde llegarán los obstáculos y verá cómo sortearlos y también sobre cuántas personas incide o incidirá su iniciativa. Su vida es así más fácil y más armoniosa.

La naturaleza manifestadora es por lo general solitaria, ya que así preservará su don manifestador con menos interferencias.

Como niño lo ideal es que pueda pedir permiso sin que se le niegue irracionalmente la posibilidad de tomar su iniciativa. De mayor informando podrá obrar con mayor eficacia y serenidad.

El manifestador está para dar el “puntapié inicial”, su campo energético no es de permanencia, puede iniciar la carrera, pero no es lo suyo estar participando con consistencia en ella hasta su conclusión. Es energía para la iniciativa, no para su desarrollo.

Manifestadoras y manifestadores, ¡recuperad el rugido!